El Monaguillo Crucificado

Durante  la Edad Media, tiempo de antisemitismo en toda Europa, cundió entre los cristianos la creencia, más bien el bulo, de que los judíos el día de Viernes Santo, el día en que se recuerda la Pasión de Cristo, secuestraban un niño cristiano, lo crucificaban y elaboraban los alimentos que ingerían añadiendo la sangre del niño.

Ese bulo cundió con bastante fuerza e incluso varios judíos fueron procesados acusados de haber realizado la practica anteriormente descrita siendo el proceso más famoso el del Santo Niño de la Guardia.

Pues bien en la Iglesia sevillana de San Nicolas de Bari existe una talla (en la imagen que encabeza este post) que representa a uno de los niños que supuestamente sufrió aquel martirio, Santo Domingo del Bal, el cual en el año 1250 habría sido raptado en Viernes Santo en Zaragoza por unos judíos, crucificado, despedazado, arrojando su cabeza y manos a un pozo y enterrado el resto de su cuerpo en la ribera del Ebro.

Si lo desean pueden leer el relato de la leyenda escrito por Vicente Blasco Lanuza, historiador del Siglo XVII:

Los judíos solían amasar los alimentos de su cena pascual con sangre de niños cristianos.

En la sinagoga se había recordado “que al que presentase un niño cristiano sería eximido de penas y tributos”. Y un sábado al terminar de explicar la Ley el rabino, dijo: “Necesitamos sangre cristiana. Si celebramos sin ella la fiesta de la Pascua, Jehová podrá echarnos en cara nuestra negligencia”. Estas palabras fueron bien recogidas por Mosé Albayucet, un usurero de cara apergaminada y nariz ganchuda.

Por su frente arrugada pasó una idea negra. Pensó en aquel niño que todos los días al oscurecer pasaba delante de su tienda. Este niño era Dominguito del Val, que volvía de la catedral a casa. A veces solo y otras con un grupo de compañeros. Con frecuencia, al cruzar el barrio judío, de tiendas obscuras y estrechas callejuelas, cantaban himnos en honor del Señor y su Santísima Madre.

Seguramente los que acababan de ensayar con el capiscol de la catedral. Más de una vez los había oído Mosé Albayucet y, desde la puerta de su tienda, los había amenazado con su mano. Le pareció la ocasión oportuna y prometió a sus compañeros de secta que aquel año iban a tener sangre de niño cristiano para la Pascua y bien reciente.

Era el miércoles 31 de agosto de 1250. El atardecer se hacía más obscuro en las estrechas callejuelas del barrio judío por donde pasaba Dominguito camino de su casa. De repente, y antes de pensarlo o poder lanzar un grito, nota que algo se le echa encima.

Son las manos de Mosé Albayucet que le cubren el rostro con un manto. Le amordaza bien la boca para que no pueda gritar y le mete de momento en su casa. Las garras de la maldad acaban de hacer su presa. Aquella misma noche es trasladado el inocente niño a la casa de uno de los rabinos principales.

Allí están los príncipes de la sinagoga. Dominguito tiembla de miedo ante aquellos rostros astutos y malvados. Sus manos aprietan la cruz que pende de su pecho.

-Querido niño -le dice una voz zalamera-, no queremos hacerte mal ninguno; pero si quieres salir de aquí tienes que pisar ese Cristo.

-Eso nunca -dice el niño-. Es mi Dios. No, no y mil veces no.

-Acabemos pronto -dicen aquellos malvados ante la firmeza del niño. Va a repetirse la escena del Calvario.

Uno acerca las escaleras que apoya sobre la pared; otro presenta el martillo y los clavos, y no falta quien coloca en la rubia cabellera del niño una corona de zarzas, así el parecido con la crucifixión de Cristo será mayor. Con gran sobriedad de palabras refieren las Actas del martirio lo que sucedió:

“Arrimáronle a una pared, renovando furiosos en él la pasión del divino Redentor; crucificáronle, horadando con algunos clavos sus manos y pies; abriéronle el costado con una lanza, y cuando hubo expirado, para que no se descubriese tan enorme maldad, lo envolvieron y ataron en un lío y lo enterraron en la orilla del Ebro en el silencio de la noche.”

Todos nos imaginamos fácilmente los espasmos de dolor que estremecerían aquellos músculos delicados de niño. Abrieron sus venas para recoger en unos vasos preparados su sangre. Sangre inocente que iba a ser el jugo con que amasasen los panes ácimos de la Pascua.

Una vez muerto cortaron sus manos y cabeza, que arrojaron a un pozo de la casa donde había tenido lugar el horrendo crimen. Su cuerpo mutilado fue llevado, como dicen las Actas, a orillas del Ebro. Allí sería más difícil encontrarlo. Los judíos se retiraron a sus casas contentos de haber hecho un gran servicio a Dios.

La Seo había perdido a su mejor monaguillo y el cielo había ganado un ángel más. Todo esto ocurría la noche del 31 de agosto de 1250. Dios tenía preparado su día de triunfo, su mañana de resurrección, para Dominguito del Val.

Mientras en la casa del notario Sancho del Val se oían gemidos de dolor, una extraña aureola aparecía en la ribera del Ebro. Los guardas del puente de barcas echado sobre el río habían visto con asombro durante varios días el mismo acontecimiento. La noticia recorre toda Zaragoza. Algunas autoridades y un grupo de clérigos se dirigen hacia el lugar de la luz misteriosa. Allí hay un pequeño trozo de tierra recientemente removida. Se escarba y, metido en un saco, aparece un bulto sanguinolento. Se comprueba que es el cuerpo mutilado de Dominguito.

Una ola de dolor e indignación invade la ciudad de punta a punta. La cabeza y las manos aparecen, también, de una manera milagrosa. Aunque aquí la historia no concuerda. Según una versión, un perrazo negro gime lastimeramente, y sin que nadie le pueda espantar, al borde del pozo a que fueron arrojados los miembros del niño mártir. Es el perro del notario Sancho del Val.

Se agota el agua y en el fondo aparecen las manos y cabeza de Dominguito. Otra versión dice que las aguas del pozo se llenaron de resplandeciente luz, que crecieron y desbordadas mostraron el tesoro que guardaban en el fondo.

Pronto se supo toda la verdad del hecho. El mismo Albayucet lo iba diciendo: “Sí, yo he sido. Matadme, me es igual; la mirada del muerto me persigue, y el sueño ha huido de mis ojos”. El santo niño había de conseguir el arrepentimiento para su asesino. Bautizado y arrepentido, Albayucet subirá tranquilo a la horca.