Articles Comments

Historia » España, Guerra Civil, Guerra Civil Española » El Asesinato de Calvo Sotelo según Julián Zugazagoitia (director de El Socialista)

El Asesinato de Calvo Sotelo según Julián Zugazagoitia (director de El Socialista)

“El domingo transtornaba mi ritmo. Sin obligación periodística, no sabía cómo llenar las horas hasta las cuatro o cinco de la madrugada, en que podía pretender, con algún éxito, el sueño. Con pereza de escribir, usaba de este gracioso remanente de tiempo para tener mis lecturas al día y leer las preferidas. En mi casa todos cuidaban de respetar mi sueño contra los visitantes inoportunos, circunstancia que me permitió conocer que algo grave sucedía al sentirme llamado a las ocho de la mañana del lunes. La persona a cuyo requerimiento se había despertado me esperaba en el despacho, mirando por la ventana el desperezarse de la calle popular. Su rostro tenía una expresión de cansancio, el ajamiento de quien ha perdido la noche. No muchos días más tarde había de tocarle la vida en los canchales de la sierra de Guadarrama. Me parece una prueba de respeto a su muerte no asociar su nombre a la relación que me hizo. Dados los presagios de aquel tiempo, pensé en la nueva desventura irreparable, mientras le preguntaba:

–      ¿Qué sucede?

–      Vengo a decirte, porque acaso conviene que lo conozcas, que anoche han matado a Calvo Sotelo.

No tengo que ocultar mi expresión. Fue enorme. La noticia acabó por desvelarme e instintivamente miré hacia la calle, sorprendentemente encontrarla sin un indicio que denunciase agitación extraordinaria.

–      Ese atentado es la guerra- declaré a mi visitante.

–      El cadáver- siguió sin pararse en mi observación- ha sido encontrado esta madrugada en el depósito del cementerio. Tenía unos balazos en la cabeza.

Sentía miedo de preguntar y curiosidad de saber. Mi visitante conocía la historia en sus detalles y yo tenía la íntima convicción de que había participado en ella, sin que pudiese suponer en qué grado. Esa sospecha me cortaba la palabra. La propia gravedad de la noticia me tenía desconcertado y sin una posición moral ante mi interlocutor. Pensaba, preferentemente, en las consecuencias políticas del atentado. Este parecía haberse discurrido por los militares como réplica a la agresión que un día antes costó la vida a un oficial republicano: Castillo. Alrededor de esta muerte se dijo, no sé con qué veracidad, que en la UME – Unión Militar Española-, organización castrista de naturaleza fascista, se disponía a ejecutar a toda la oficialidad republicana que , a su vez, se había organizado en la UMRA – Unión Militar Republicana Antifascista -. Militantes de esta segunda entidad fueron los que organizaron la represalia, tomando como centro operatorio el cuartel de los guardias de asalto de la calle de Pontejos, muy próxima al Ministerio de la Gobernación. Su tejemaneje previo debió ser tan complicado, haciendo intervenir en la expedición a buen golpe de personas, lo que dio como resultado que los amigos del muerto no tardasen en tener una información casi puntual de todo lo sucedido, que fue realmente monstruoso, ya que a Calvo Sotelo, en presencia de su mujer, con violencia se le sacó de su casa, pretextando una orden de detención dada contra él por el Gobierno. Lo intempestivo de la hora y la prisa nerviosa de quienes llevaban a cabo el plan discurrido indujeron a sospecha a la mujer del diputado monárquico, que quiso utilizar el teléfono para comprobar en el Ministerio de la Gobernaciónsi efectivamente al detención estaba ordenada por el Gobierno. Uno de los conjurados se interpuso entre ella y el teléfono y lo inutilizó después de unas palabras rudas. Vio ella claro lo que iba a suceder y llorando se abrazó a su marido. Calvo Sotelo, que no había perdido la presencia de ánimo intento tranquilizarla.

–      No te aflijas. Si es verdas que es una orden del Gobierno, dentro de una hora estaré de vuelta. Soy un diputado de la Nación y el Gobierno, eso me consta, no cometerá ningún atropello contra mi inmunidad.

Un comandante de la Guardia Civil que intervenía como jefe en la expedición acudió también a tranquilizar a la esposa aflijida. Ésta, que no debió perder el presentimiento de la desgracia inminente, los ojos húmedos, la voz congojosa, intentó una última defensa.

–      Sólo el uniforme que usted viste me da confianza. En él pongo toda mi esperanza. Tengo fe en la caballerosidad de cuantos pertenencen a la Guardia Civil- dijo.

La escena, que se desarrollaba en el hall de la casa, se había prolongado peligrosamente. Los conjurados acortaron los trámites. Necesitaban ganar tiempo o se las haría muy tarde, con riesgo de comprometer la partida. Calvo Sotelo, que debíó hacer deliberadamente ese gasto de tiempo, se consideró perdido. A punto de tomar la escalera, volvió a decir a su mujer unas palabras tranquilizadoras, cuyo final exacto fue este:

–      Dentro de poco tiempo habré vuelto, a menos que estos señores me maten.

En la calle, todavía silenciosa y oscura de noche, esperaba un carro de la Guardia de Asalto. Montaron los conjurados y obligaron a montar a Calvo Sotelo. Calvo Sotelo no formuló ni una palabra de protesta o queja. ¿Rezaba? En el bando se su espalda, dos hombres llevaban sus pistolas montadas. Uno de ellos dio un codazo a su compañero, éste levantó su arma, la colocó a la altura de la cabeza de Calvo Sotelo e hizo fuego dos veces. LA muerte debió ser instantánea. La cabeza del muerto se dobló sobre el pecho y el cuerpo, en un viraje del vehículo, se recostó contra el custodio de la derecha. Como todo estaba previsto, el conductor tomó la dirección del cementerio y allí, en el depósito de cadáveres, dejaron el cuerpo de la víctima, donde pocas horas después había de ser descubierto por su amigos, conturbados con la pérdida que les privaba, a la vez, se un afecto y un caudillo. Con ser impresionante el relato que interlocutor me había hecho, aún me impresionó más, sin que supiera decir por qué, la aclaración con que termino la entrevista:

–      Antes de decidirnos a ejecutar la represalia estuvimos vacilando si ir a casa de Gil Robles o ala de Calvo Sotelo. Nos decidimos por el segundo con el propósito de volver a por Gil Robles si terminábamos pronto en casa de Calvo Sotelo.

Después de que se hubo marchado mi confidente, una senasación repugnancia y malestar me ganó el cuerpo. Me interrogaba sobre las coincidencias que pudieran correligionar a quienes se autorizaban a un proceder semejante, y confieso que no descubría ninguna. Pero estos análisis estaban fuera de ocasión. Creía que mi deber era avisar lo sucedido a mis compañeros dando como supuesto que las derechas, que no se negaban a practicar el atentado personal, replicarían con agresiones a los más calificados hombres de izquierda. Temí, además, que la muerte de Calvo Sotelo fuera la señal de ataque para las fuerzas que acechaban el momento de lanzarse contra la República. Telefoneé a Prieto e hice telefonear a otros camaradas para que cerrasen su guardia. Prieto me preguntó desde Pedernales:

–      ¿Qué cree que debo hacer?

–      A mi juicio tomar el primer tren para Madrid, donde puede hacer usted falta.

La noticia del atentado y muerte de Calvo Sotelo se difundió por Madrid rapiditamente, produciendo extraordinaria consternación en muchas zonas políticas. Los propios republicanos la condenaban considerándola peor que un crimen, una torpeza. El Gobierno conocíó con ella un embarazo más y no de los pequeños. Le era inexcusable proceder, “incontinenti” ala busca de los autores del atentado, para no ser acusado de complicidad. Aún cuando la averiguación se manifestó bastante enmarañada, el secreto de la conjura, por el número realmente excesivo de los conjurados, se iba deshilachando. Aquella misma tarde, en el bar del Palacio de Las Cortes, donde seguían reuniéndose diputados y periodistas, oí diversas versiones del atentado y comprobé que impresión general no era más desconsoladora. Diputados y periodistas, a algunos de los cuales no habíamos de volver a ver más, estaban a la espera de lo más grave. Las conjeturas eran en todos los grupos catastróficos. Los redactores de El Socialista se multiplicaban para reunir todas las opiniones y preferentemente las de los diputados de matiz distinto al nuestro y las de los redactores de los diarios de derecha. Angulo, el redactor político me llamó aparte.

–      La situación se ha hecho muy tirante. Esto no puede prolongarse durante mucho tiempo. El atentado se lo imputan las derechas al Gobierno y no parece que piensen en represalias de carácter individual, lo que me hace suponer que se disponen a quemar las etapas preparatorias de su movimiento. Tal es mi impresión después de haber hablado con uno de los redactores de El Debate, que no está menos asustado de lo que podemos estarlo nosotros. Otra cosa: Tienen conocimiento de las personas que han realizado el atentado. A lo que parece, uno de los que han intervenido en el hecho, no se bien si el chófer del carro, ha declarado ampliamente. A estas horas debe haber varios detenidos, guardias de Asalto de u na misma compañía”.

Filed under: España, Guerra Civil, Guerra Civil Española