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Rayos y Centellas

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La Casa de las Muertes de Salamanca


 

Cerca de la Plaza Mayor, en la calle de Bordadores número 12 se encuentra la casa conocida como “de las Muertes” al lado de la que fue residencia del escritor Miguel de Unámuno en los años 30 del pasado siglo.

La casa fue construida entre 1512 y 1544 por el arquitecto Juan de Alava para su propia residencia y la de su familia. El escudo familiar se encuentra colocado sobre el dintel de la puerta de entrada. Sobre el escudo se encuentra el retrato de D. Alonso de Fonseca, arzobispo de Santiago y patriarca de Alejandría, gran benefactor del arquitecto primer propietario de la casa.

 

La casa está construida en piedra arenisca de Villamayor y normalmente, siempre se encuentra frente a su fachada un gran número de personas buscando las famosas cuatro calaveras que se encuentran bajo sus dos ventanas superiores y que seguramente sean el origen de tan tétrico nombre.

 

Ahora bien, tras los muros de la facha que los turistas contemplan acontecieron hechos violentos, algunos de los cuales se confunden con leyendas.

Si se encuentra acreditado que en esta casa se encontró muerta la ama de llaves, María Lozano, del clérigo organizador de partidas guerrilleras durante la Guerra de la Independencia Alejo Gillén.

Otros hechos se cuentan en forma de leyenda, cuentan que un tal Don Diego, hombre arrogante, reñidor y enamorado, soldado y poeta, rindió a muchas y nobles damas de la ciudad con sus galanterías y a los hombres con su espada.

Le temían padres y maridos y no se le resistían ni rejas ni virtud de muchas mujeres.

Pero el destino quiso que este arrogante salmantino se enamorara rendidamente de doña Mencía, que acababa de salir de un convento. Una vez casados, doña Mencía empezó a sonreír y a conversar con picardía con unos y otros. Cuando los deberes militares llamaban don Diego, Mencía buscaba el amor en diferentes varones.

Al regreso de una batalla, y habiéndose hecho ya públicos en la ciudad los devaneos de su mujer, los nobles deudos suyos que habían salido a recibirle le dijeron sin más los nombres de los tres hombres que alternaban de la compañía amorosa de doña Mencía.

Don Diego decidió que su venganza sería matar a los tres para vengar su honra y, en la sangre de sus burladores, ahogaría a Mencía.

Fingió que no creía nada de lo que le contaban y pretextó que debía ir a una partida de caza en los montes de León perdiéndose al galope.

Al llegar a Salamanca estos deudos dijeron a doña Mencía que su marido no regresaría aquel día ya que había tenido que ir a una gran partida de caza en León.

Doña Mencía avisó a uno de sus caballeros para que fuera a visitarla.

A la mañana siguiente apareció el galán muerto y desangrado por una herida en el centro del corazón bajo el balcón de Mencía.

Unas pocas noches después apareció otro hidalgo muerto y desangrado de la misma forma y en el mismo lugar.

Nadie se explicaba estas muertes salvo sus deudos que no dijeron nada. Doña Mencía estaba desesperada preguntándose quien habría sido el criminal que la privaba de sus dulces compañías.

Pasó un tiempo hasta que el tercer caballero reanudó sus visitas en una noche de lluvia y mal tiempo. Cuando llamó a las puertas de la casa un hombre le empujó en medio de la calle gritándole que se defendiera. Cayó el tercer galán herido de muerte pero el otro combatiente quedó mal herido.

Mencía no oyó el ruido de la pelea por el mal tiempo. La dueña reconoció a don Diego pero no tuvo tiempo de gritar ya que fue amordazada al instante.

Doña Mencía al ver entrar a su marido herido, lo adivinó todo y cayó de rodillas frente a él pidiéndole perdón. Don Diego quiso tirarle una estocada pero cayó la espada al suelo al sobrevenirle un pequeño desmayo por la pérdida de sangre. Ella arrojó la espada por el balcón. Don Diego rehaciéndose se lanzó sobre ella apretándole el cuello con sus manos.

La sangre que perdía don Diego le trajo la agonía pero no soltó el cuello de doña Mencía. Agonizaron juntos. Cuando amaneció y los vecinos vieron a la dueña amordazada subieron a la cámara donde hallaron los dos cadáveres, don Diego aún apresando con sus manos el cuello de su mujer que aparecía monstruosa.

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